Conservación Garuga

El amor está en el aire: lo que las aves de Chile nos enseñan sobre amor

En la Naturaleza, el amor no siempre se dice con palabras. A veces se canta, se baila, se construye con paciencia o se defiende con fiereza.

Las aves que habitan Chile nos regalan un verdadero catálogo de comportamientos que, vistos de cerca, se parecen mucho o al menos debieran parecerse, a nuestras propias formas de vivir el romance.

Fidelidad y vínculos duraderos.

 

El Cisne de cuello negro (Cygnus melancoryphus), por ejemplo, forma parejas estables que se mantienen por años y se mueven juntas con una sincronía casi perfecta.

No hay grandes demostraciones: hay presencia constante, cuidado mutuo y una calma compartida.

Un recordatorio de que el amor también puede ser silencioso y profundo.

El arte de conquistar

 

 

 

El picaflor chico (Sephanoides sephanoides) —pequeño, inquieto y brillante— realiza vuelos rápidos y exhibiciones llamativas para atraer a su pareja.

Es el romanticismo del gesto, del detalle, del “mírame, estoy aquí”. Como en nuestras relaciones, no se trata solo de sentir, sino también de expresarlo.

©Eduardo Minte
©Eduardo Minte

Lealtad cotidiana

©Eduardo Minte

 

 

La Loica (Leistes loyca), que suele verse en pareja recorriendo praderas y campos abiertos.

No hacen ruido al amar: comparten territorio, buscan alimento juntas y se acompañan día tras día. Un tipo de amor que se parece más a caminar juntos que a deslumbrar.

©Ivo Tejeda

Trabajo compartido

 

 

 

También está el romance que se construye con trabajo compartido.

Muchas aves, como las tórtolas, invierten tiempo y energía en crear el nido: ramita por ramita, elección del lugar, turnos para incubar.

Amar, en este caso, es hacer hogar, incluso cuando el mundo afuera es incierto.

Amor protector

©Víctor Vega

 

Existe el amor protector. El Queltehue (Vanellus chilensis), famoso por su carácter aguerrido, defiende con valentía a su pareja y a sus crías, enfrentándose a quien sea necesario.

No es un amor tierno en apariencia, pero sí profundamente comprometido: cuidar también es amar.

©Niccolo Cantarutti

Observar a las aves es asomarse a una diversidad de formas de vincularse. Ninguna es mejor que otra, todas responden a contextos distintos. Tal vez por eso nos conmueven tanto: porque en sus cantos, vuelos y rutinas, reconocemos algo muy nuestro. Al final, el romance —con o sin plumas— siempre encuentra maneras de expresarse.

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